domingo, 20 de junio de 2010

LA IMPORTANCIA DE LAS NOTAS: “LOS PROGRESOS DE NADIA”.

- Hoy no mami, “porfi”, estoy muy cansada.

- Venga, un último esfuerzo que ya sólo queda una semana.

Es un diálogo entre una madre y su hija, Nadia, de 9 años y en un curso menos que demás niños de su edad. Parece una conversación normal sobre esta época del año en la que ya huele a verano.

Nadia llegó a mis manos hacía cerca de un año. “No lee ni escribe bien”, eran las palabras de sus padres al preguntarles qué sucedía. Efectivamente, Nadia no leía bien ni sabía escribir. Su conocimiento de las letras del alfabeto y de los sonidos que estas adoptan al combinarlas unas con otras, se veía bastante reducido. Al pedirle que leyera una pequeña frase, su lectura era totalmente silábica y, además, inventaba palabras al gusto cuando se le preguntaba qué era lo que había leído. Cuando escribía, apenas podías leer con sentido alguna que otra palabra de las que allí aparecían. Los números, las sumas, las restas y todo a cuanto se refería la materia de matemáticas, eran nuevos para ella. El vocabulario que poseía era escaso para un niño de su edad; su hábito de estudio o de estar sentada realizando alguna actividad en casa, era casi nulo; la “motivación” en cuanto a realizar tareas de este tipo, no existía para ella. Asistir al colegio había sido al principio divertido por estar con amigas. Después se había convertido en algo fastidioso y sin sentido. Mientras todos los niños de la clase leían, ella miraba por la ventana cómo se movían las hojas de los árboles, o cómo Marta, su compañera de clase, había traído hoy el pelo. Cuando la “seño” hacía un dictado, ella algunas veces hacía su ficha, adaptada a su nivel para poder aprovechar el tiempo. Pero la clase tiene muchos niños y no siempre es posible dedicarles la atención que necesitan. No era capaz de seguir el libro de texto pese a que para todos pareciera algo primordial.

A lo largo del tiempo que habíamos estado trabajando juntas, Nadia había sido capaz de empezar a realizar tareas sentada en casa, aprender todas las letras y combinaciones del alfabeto, ser capaz de leer y escribir hasta frases completas, aumentar su vocabulario y, lo más importante de todo, estar motivada para realizar todo ello. ¿Cometía errores? ¡Por supuesto! Pero ya era capaz de hacer muchas cosas incluso sola. Sabía que por las tardes debía realizar algunas actividades. Lo que al principio se hacía entre sollozos, al final resultó ser algo que ella misma pedía. La cantidad de cuentos que se almacenaban en su estantería y de los que hasta entonces sólo conocía los dibujos, eran buenos para pasar un rato aprendiendo. Si había alguno que le gustara en especial, lo cogíamos y ese día nuestras tareas se hacían en torno a él. Obligarle a leer algún texto sin sentido del que viniera en sus libros de texto, no era una opción si a ella no le interesaba. Claro que, todo he de decirlo, a mí me fastidiaba bastante si era algún texto que yo había preparado para ella con algunas palabras concretas que quería trabajar. En esos casos, a veces hacíamos tratos y ella leía una frase y yo otra. Pero normalmente le gustaban las historias de un libro de lectura con el que habíamos empezado a trabajar. Siempre intentaba que los textos que adaptaba para ella fueran sobre cosas que me contaba, de su día a día, de sus aficiones, de su mascota o de su muñeca favorita (Carmela) que nos observaba desde una esquina mientras dábamos la clase. Pero los niños son niños y, aunque Nadia ya había creado un hábito de estudio que hasta sus padres creían imposible, a veces las pataletas por no querer trabajar se escuchaban hasta en la China. No todo era siempre color de rosa. Para esos momentos ojalá hubiera podido tener pastillitas de paciencia mágicas para tomarme unas pocas, pero como hasta la fecha no las han inventado, lo único que me quedaban eran respiraciones profundas y poner mi cabeza a pensar a 3000 revoluciones por segundo para idear algo con lo que llamar su atención. Unas veces, Carmela, era la que me ayudaba a dar la clase y así conseguía sacar unas risas cuando Nadia escuchaba mi voz cambiada puesta en su muñeca. Otras veces, el juego del “Ahorcado” me venía de perlas para trabajar conciencia fonológica y ella no se daba cuenta puesto que estábamos jugando. Así, entre juegos, la tranquilidad llegaba y con ella las actividades que debíamos realizar.

Con las matemáticas habíamos conseguido aprender sumas, restas y los números. El anterior y el posterior era una asignatura pendiente aún. Muchas veces “no daba con la tecla”.

- Piensa, si vas a la zapatería y el número 34 de zapato te va pequeño, ¿qué número necesitas? –Insistía yo por poner algún ejemplo que pudiera trasladar a la realidad. Muchas veces, en este caso que sólo había que aumentar un número, la respuesta era correcta.

- El 35. –Contestaba Nadia entre sonrisas merecidas.

Pero si la cuestión propuesta era que si el número 35 de zapato le venía grande, qué zapato debería comprarse, aquí, Nadia se vendría de la zapatería con unos zapatos que no podría ponerse.

Los maestros de Nadia, aunque intentaban comprender su situación y se volcaban en ayudarla en la medida de lo posible, puesto que una clase tiene muchos niños, reclamaban por su atención dispersa o por no haber realizado bien los ejercicios. Cierto, los maestros aquí tienen razón, pero como comenté antes “es una niña” y como tal, hay veces que intenta escabullirse (no debería ser así, pero así es). Otras muchas es simplemente que, aunque lo intenta, no logra hacerlo mejor.

Llegó final de curso, hoy por hoy, final de 3º de Educación Primaria. Nadia ha realizado durante todo este tiempo un esfuerzo increíble y, si la evaluaran en base a su avance personal, sus notas serían de sobresaliente. Por estas fechas, ella como muchos otros niños, no quiere ya ir al colegio, pero está impaciente por ver sus notas. No van a ser sobresalientes, no van a llegar a los objetivos propuestos para dicho curso. Aquí no hay vuelta de hoja. No van a estar aprobadas. Tampoco va a repetir curso porque ya repitió el anterior. ¿Y ahora qué? ¿Qué haces con su sonrisa al preguntarle a sus padres, igual que en la última evaluación, “mami, están bien mis notas”?

Le hemos hecho un diploma en el que pone lo siguiente:

“Estamos muy contentos porque has aprendido muchas cosas y te has vuelto una niña muy obediente y trabajadora. Vamos a seguir aprendiendo muchas cosas más para que puedas leer cada vez más libros que te gusten y escribir más cartas a tus amigas. ¡Enhorabuena por haber avanzado tanto!”

No ha aprobado las notas, pero ha aprendido muchísimo. Eso es lo que realmente debe importar a los padres. Seguro que el caso de Nadia, en mayor o menor medida, es uno de tantos. No estamos hablando de un niño que no se ha preocupado por sus estudios, sino de alguien, un niño, que se ha estado esforzando mucho. Entonces, intentad ser comprensivos con él. Para él seguro que tampoco es fácil ver que todo el esfuerzo que ha hecho durante el curso no se ve reflejado en sus notas. No se trata de buscar un culpable. Si necesita ayuda intentad proporcionársela. Si os enfadáis con un niño que ha estado esforzándose durante todo el curso, pero no ha alcanzado los objetivos del mismo, no haréis más que desmoralizarlo. Sed comprensivos y poneros en su lugar. Tendréis que seguir trabajando, sí, pero por ahora necesita vuestra comprensión y ver que lo que ha estado haciendo tiene recompensa. ¿Qué mejor recompensa que vuestra reacción?

¡Ánimo para todos, padres y niños!

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